Proyecto Islandia / Escrito por Ale / Deja un comentario

Cambio Climático en Islandia: 14 Días Documentando Frailecillos y Glaciares en Retroceso

Frailecillo atlántico en Islandia
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"En 2019 gané una beca para estudiar fotografía en España. Fue la primera vez que salí a aprender en serio. No tenía claro qué tipo de fotografía quería hacer ni qué historia quería contar. Un día, mientras investigaba referentes, vi una imagen de un frailecillo atlántico. No supe quién la hizo ni dónde estaba tomada. Solo supe que algo en esa foto me cambió algo por dentro. Pensé: quiero llegar a hacer eso. Desde ese momento Islandia se convirtió en un destino que fui construyendo despacio — imagen tras imagen, dato tras dato, siempre con la duda de si algún día lo iba a poder concretar. Cinco años después, finalmente lo hice."

La llegada

Parecía Marte

Campo de lava volcánico en Islandia — paisaje que parece Marte

Campo de lava volcánico en el sur de Islandia — nada de lo que había visto antes se parecía a esto

Llevo años fotografiando en distintos países — Japón, Nueva Zelanda, Australia, Bali, Tailandia, Italia, España, Holanda, Bélgica, Estados Unidos, Chile y otros más. Ninguno se parece a Islandia. Es el único lugar donde te bajas del avión, empiezas a recorrerlo y sientes que estás en otro planeta.

Después de muchas horas de vuelo — Santiago, Ámsterdam, Keflavík — miré por la ventana del avión y lo primero que pensé fue: esto parece Marte. Tierra volcánica oscura, sin árboles, con manchas de nieve y vapor saliendo del suelo. Nada parecido a nada que hubiera fotografiado antes. Y la sensación inmediata de: al fin estoy acá.

Llevaba años viendo fotos de Islandia desde una pantalla. Ese momento desde el avión — antes incluso de aterrizar — fue cuando se hizo real: hielo y fuego, en el mismo paisaje.


El proyecto en números
14.000kilómetros volados
+2.000 kmRing Road completa y desvíos
4regiones de Islandia

Más de 14.000 kilómetros volados desde Santiago de Chile —con escala en Ámsterdam— hasta Keflavík. Desde ahí, más de 2.000 kilómetros en camper dando la vuelta completa al país por la Ring Road — la carretera que circunvala Islandia entera — más los desvíos hacia los fiordos del este, el norte y las regiones del sur. 14 días, cuatro regiones, primavera islandesa.

El viaje lo hice con un ayudante. Equipo: Sony A7V con cuatro lentes (16mm G, 24-70mm GM, 70-200mm GM y 200-600mm G), filtro ND variable, trípode KF Concept, drone DJI Mavic Pro, tarjetas CFexpress Tipo A + SanDisk SD V90 250GB de respaldo + 5 tarjetas SD adicionales, disco externo Kingston XS1000 2TB y MacBook Pro M1. Volví con 179GB en fotos y 100GB en video. Presupuesto total: €9.000–11.000.


El origen del proyecto

Cinco años esperando este viaje

Todo empezó con una imagen que vi por casualidad. Un frailecillo atlántico, fotografiado de cerca, con esa expresión entre seria y absurda que tienen estas aves. No supe el nombre del fotógrafo. No supe dónde estaba tomada. Solo supe que quería hacer eso.

Empecé a investigar. Descubrí que los frailecillos viven en Islandia — el país que alberga el 40% de la población mundial de la especie. Empecé a ver fotos de Islandia, luego videos, luego datos sobre sus glaciares, su fauna, entendiendo cómo se comporta la luz en cada época del año. Desde 2020 Islandia se convirtió en un sueño concreto — uno de esos que parece lejano pero al que le vas poniendo nombre, fecha, presupuesto.

En ese proceso también fui construyendo el equipo de a poco. Empecé con una Nikon D3500 usada y un lente kit — la cámara de entrada que tienen muchos fotógrafos cuando recién empiezan a tomarse esto en serio. Después pasé a una Sony A6400 con un lente fijo de 16mm, un 85mm y un 30mm. Luego llegó mi primera full frame: la Sony A7III. Cada lente, cada cuerpo, fue una decisión que tardaba en tomar y que implicaba meses de ahorro. No fue un camino rápido. Justo antes de salir a Islandia me hice de la Sony A7V — la cámara con la que finalmente iba a poder documentar lo que llevaba años imaginando.

Lo que me terminó de convencer no fue solo la fotografía. Siempre he tenido una relación activa con el cuidado del medio ambiente — soy activista en Greenpeace haciendo mi aporte mensual, sigo de cerca lo que pasa con el cambio climático. Y cuando entendí que los frailecillos estaban colapsando, que los glaciares que había visto en fotos se estaban derritiendo en tiempo real, la pregunta dejó de ser "¿cuándo voy?" y pasó a ser "¿cómo puedo usar mi cámara para hacer algo con esto?"

No quería solo tener una foto bonita de un frailecillo. Quería acercar esa ave — y lo que le está pasando — a personas que quizás nunca van a tener la oportunidad de verla. Eso fue lo que más me motivó a finalmente concretar este viaje.


El enfoque

Lo que significa documentar cambio climático

Hay una diferencia entre ir a Islandia a fotografiar e ir a Islandia a documentar. La diferencia no está en la cámara — está en por qué apuntas hacia donde apuntas.

Un fotógrafo de viaje busca la imagen que representa el lugar. Yo fui a buscar la imagen que representa lo que le está pasando al lugar. Eso cambia todo: qué incluyes en el encuadre, cuánto tiempo esperas, qué decides no fotografiar. Una foto de frailecillo puede ser un recuerdo bonito o puede ser evidencia. Depende de qué estás buscando cuando la sacas.

Lo aprendí de a poco. Empecé interesándome en el frailecillo por la imagen — esa ave con cara de payaso que aparece en fotos increíbles. Pero cuando empecé a investigar su situación real, algo cambió en cómo miraba las fotos. Dejé de ver solo el ave. Empecé a ver el contexto, la ausencia, lo que no estaba en el cuadro. Eso fue lo que cambió mi manera de mirar. No dejé de buscar la foto bella — sigo haciéndolo, y la naturaleza la da todo el tiempo. Pero en este viaje había algo más: quería que la imagen contara lo que le está pasando a esa especie, no solo lo bonita que es.

Eso en la práctica significa que a veces esperas algo distinto. No solo el momento espectacular — también el momento honesto. El frailecillo que regresa con el pico vacío, la colonia que es visiblemente más pequeña que hace diez años. La foto que buscaba no siempre era la más impactante. A veces era la más real.


La crisis que documenté

Frailecillos al borde del colapso

Frailecillo atlántico en acantilado de Islandia

Borgarfjörður Eystri, fiordos del este — el único punto de cuatro donde los encontré

Islandia alberga cerca de 2 millones de parejas de frailecillos atlánticos — el 40% de la población mundial de la especie. En los últimos 30 años, esa población ha caído hasta un 70% en algunas colonias. El culpable directo es la temperatura del mar: unos pocos grados de diferencia desplazan los cardúmenes de los que se alimentan los pichones. Sin comida en el momento exacto, los polluelos mueren.

Lo supe antes de viajar. Lo investigué durante años. Y aun así, desde que salí de Santiago tuve el temor de que no iba a poder verlos. Busqué en cuatro de los puntos más reconocidos del país. En los primeros tres llegué al acantilado y no había nadie — solo roca, viento y el mar abajo. Cada acantilado vacío hacía ese temor más grande.

Como última instancia, manejé de madrugada por carreteras de montaña empinadas, con valles completamente solos y sin señal. Y ahí estaban.

Habría unos 20 o 30. Después de tres acantilados vacíos, esos 20 o 30 frailecillos se sentían como miles. Los observé salir de sus madrigueras, moverse entre ellos, juntarse en grupos. Son increíblemente sociales — y curiosos. En varios momentos se acercaron más de lo que esperaba, como si también ellos quisieran saber qué estaba haciendo ahí.

Lo que más me sorprendió fue el contraste entre ellos y yo. Yo no aguantaba más de 30 o 40 minutos antes de tener que volver al camper a calentarme las manos — sin eso no podía operar la cámara. Ellos estaban en ese mismo viento, en esa misma temperatura, y luego se lanzaban al mar como si el frío no existiera. Un frailecillo puede bucear a 60 metros, aguantar la respiración un minuto y volar a 88 km/h. Todo eso en un ambiente donde yo apenas podía sostener el equipo.

"Pensé en todo lo que me costó llegar ahí. El tiempo, el aprendizaje, los años que me costó llegar ahí. En ese momento olvidé el frío y las malas condiciones. Solo pensé: por fin lo logré. Estoy frente al ave que tanto quise conocer."

El detalle completo de esa mañana — lo que documenté, lo que no pude fotografiar, y lo que eso significa — está en Frailecillos en Peligro: Lo Que Documenté.


La crisis que documenté

Glaciares que se achican en tiempo real

Jökulsárlón — Laguna Glaciar, Islandia

Jökulsárlón — los icebergs son fragmentos del glaciar Breiðamerkurjökull en retroceso

En 2019, Islandia celebró un funeral. No por una persona — por un glaciar. Okjökull fue declarado oficialmente muerto, el primero en perder ese estatus por causa del cambio climático. Le pusieron una placa de bronce donde había estado el hielo. Desde entonces la situación sigue empeorando. Desde el año 2000, los glaciares islandeses han perdido más de 700 km² de superficie — 43 km² al año en promedio. El Vatnajökull, el más grande de Europa, ha perdido entre 150 y 200 km³ de hielo desde 1989.

Llegué a Jökulsárlón pasadas las 8 de la mañana. Había una o dos personas más. La laguna a esa hora tiene un silencio que no parece natural. Y de fondo, cada cierto tiempo, un sonido sordo, profundo: un trozo de glaciar desprendiéndose y cayendo al agua. No lo veías. Solo lo escuchabas. En ese silencio, ese sonido cambia algo. Es imposible escucharlo y seguir pensando en esto como paisaje.

Volé el drone a ras de los icebergs. En un momento perdí la señal de video — nada en la pantalla, el drone en algún lugar entre los bloques de hielo sin yo poder verlo. Tuve el corazón en la boca hasta que el retorno automático lo trajo de vuelta. Pensé que lo había perdido. Esa imagen desde arriba — los icebergs flotando sobre el agua oscura, los fragmentos dispersos, la laguna que sigue creciendo año a año — valió el susto.

Después fui a Diamond Beach, donde los icebergs que se desprenden de la laguna llegan al océano y quedan varados en la arena negra. Es uno de los contrastes visuales más impactantes que he visto: hielo transparente sobre negro volcánico, con olas rompiendo alrededor. Cada trozo diferente, cada uno con su propio tiempo antes de desaparecer.

El hielo no miente. Todo el detalle de lo que encontré y grabé está en Glaciares en Retroceso: La Evidencia.


Conexión con Chile

Por qué esto también es una historia para Chile

He fotografiado más fuera de Chile que dentro de mi propio país. Islandia, Europa, Asia, Oceanía. Y sin embargo, lo que documenté en Islandia me habla directamente de lo que pasa en casa.

La Patagonia chilena alberga el segundo campo de hielo extrapolar más grande del mundo después de la Antártica. El 90% de los glaciares chilenos ha retrocedido desde 1870. El centro y norte del país lleva más de 15 años consecutivos en megasequía, afectando al 75% del territorio nacional. Cuando un glaciar retrocede en el norte chico o en la zona central, no es un problema ecológico abstracto — es agua potable para millones de personas.

Mi próximo objetivo es el puma — clasificado como Casi Amenazado en Chile y Vulnerable en la Patagonia y la Araucanía, donde la pérdida de hábitat y los conflictos con la ganadería siguen siendo su principal amenaza. Chile tiene fauna extraordinaria que quisiera poder documentar desde adentro.

Lo que documenté en Islandia no fue un viaje de vacaciones con cámara. Fue el comienzo de entender que la fotografía de naturaleza puede ser evidencia — y que esa evidencia puede conectar a personas que quizás nunca van a tener la posibilidad de estar en esos lugares.


Cómo se vivió

14 días en camper recorriendo la Ring Road

Camper en Islandia — 14 días documentando cambio climático

14 días en camper con equipo profesional por cuatro regiones de Islandia

Para llegar antes del amanecer a una colonia en los fiordos del este, para estar en Jökulsárlón cuando no hay nadie, para poder quedarte dos horas más si la luz cambia — necesitas vivir donde trabajas. El camper no fue una elección romántica. Fue logística pura.

Lo que nadie te cuenta es el precio real: sensación térmica de menos de -16°C, el gas que se acaba en mitad de la noche a cien kilómetros de cualquier pueblo, el camper patinando en carreteras con hielo. Hubo tramos manejando con tanta nieve que no veía nada — literalmente nada, solo blanco. Te metías en un manto de nieve que cubría todo y no sabías qué había adelante. Miraba por el retrovisor y veía cómo venía una tormenta blanca detrás. Esos momentos daban miedo real. Pero Islandia también funciona así: cuando la tormenta se va, lo que aparece te deja sin palabras. En los valles más altos, cuando se despejaba, el paisaje era tan impactante que paraba el camper, bajaba y fotografiaba — aunque no estuviera en ningún plan.

La noche que más recuerdo fue en Borgarfjörður Eystri — el pueblo donde al día siguiente iba a encontrar los frailecillos. Llegué tarde, sin gas, sin calefacción, sin comer. La peor noche de las 14. Me quedé ahí igual porque no había alternativa. Esa noche me enseñó algo — nunca debes confiarte en terreno, y menos en Islandia. Pero a veces las peores situaciones preceden a las mejores.

La logística completa, los errores que cometí y lo que haría diferente está en Vivir en Camper 14 Días en Islandia.


Detrás de las fotos

La técnica detrás de cada imagen

Documentar cambio climático con una cámara no es lo mismo que fotografiar naturaleza por placer. La intención cambia todo. No buscas la imagen bonita — buscas la imagen verdadera. A veces coinciden. A veces no.

La Sony A7V fue la herramienta central: 33 megapíxeles, 30 fotogramas por segundo, sistema de autofoco con inteligencia artificial especializado en reconocimiento de aves — capaz de mantener el foco en el frailecillo incluso cuando el animal se movía rápido o salía parcialmente del cuadro. La función de pre-captura graba fotogramas antes de que presiones el disparador — clave cuando el comportamiento del animal no avisa. Para los glaciares: exposición manual, compensación de +1 a +1.3 EV para no perder detalle en el hielo blanco. Para el paisaje: esperar. La luz en Islandia cambia cada diez minutos — la mejor foto no es la que planificaste, es la que aparece.

Todo el equipo, las decisiones técnicas y lo que aprendí está en Fotografiar Islandia: Equipo y Técnica. El presupuesto real del viaje, en Lo Que Gasté de Verdad.


El lugar que no esperaba

Múlagljúfur: el cañón que me dejó sin palabras

Cañón Múlagljúfur — sureste de Islandia

Múlagljúfur, sureste de Islandia — 90 minutos de trekking para llegar aquí

No todo lo que documenté era fauna o glaciares. Hay un cañón en el sureste de Islandia que no aparece en todos los itinerarios — Múlagljúfur — y que fue una de las experiencias más impactantes del viaje.

El acceso no es fácil. Yo subí en unos 90 minutos, con buena condición física y entrenamiento previo — y llegué arriba empapado, cargando todo el equipo fotográfico encima. Una persona sin adaptación a esfuerzo físico fácilmente tarda 2 horas o más. El camino tiene subidas y bajadas exigentes y no te avisa de cuánto falta. El camino no avisa cuánto falta — lo descubres mientras subes.

Llegué arriba con sol pleno. Y ahí tuve que tomar una decisión: me quedaba o bajaba. El sol directo no era la luz que tenía en mente — quería algo más suave, más difuso, que le hiciera justicia a las paredes del cañón y a las cascadas. Esperé. Mucho rato. Veía nubes que se acercaban y dudaba si iban a llegar o no. Al final se tapó — no por completo, pero lo suficiente. Las condiciones se acercaron a lo que había imaginado. La espera valió.

Estuve ahí cerca de una hora y media fotografiando y grabando. Fue uno de esos lugares donde te olvidas del cansancio, del frío, del tiempo. Solo estás ahí con la cámara, completamente dentro de lo que estás viendo. Eso es lo que busco cuando fotografío. No la foto. Ese estado.


Después de volver

Lo que extraño de Islandia

Reno en Islandia — fauna silvestre en carretera

Reno pastando junto a la carretera — en Islandia la fauna no es algo que buscas, es algo con lo que te encuentras

Caballo islandés — fauna característica de Islandia

Caballo islandés — una raza única que lleva siglos adaptada a este clima

Hay algo que no esperaba extrañar: lugares completamente solos, sin nadie, en medio de la nada — Islandia cuida su infraestructura (como sus carreteras) aunque no haya nadie mirando. Todo está perfectamente conectado. Eso me llamó la atención todo el viaje y me sigue llamando la atención ahora que volví.

Lo otro es la conectividad. En lugares donde no imaginarías que hay señal — en medio de un fiordo, en una carretera de montaña, en un camping con tres personas — tenías internet. Islandia está mejor conectada en sus lugares más remotos que muchas ciudades de Latinoamérica.

Extraño esa sensación de estar realmente ahí — sin pantallas, sin ruido, solo tú y lo que la naturaleza decide mostrarte. Un caballo islandés, un frailecillo, un reno pastando sin inmutarse. En Islandia la fauna no es algo que vas a buscar, es algo con lo que te encuentras. Eso no tiene equivalente.


Para quien empieza

Lo que aprendí sobre el equipo y el camino

Como ya les conté, empecé con una Nikon D3500 usada y un lente kit. No sabía bien qué quería fotografiar. Lo que sí sabía es que quería aprender — y aprendí con lo que tenía, no esperando tener algo mejor.

Si alguien me pregunta cómo empezar en fotografía de naturaleza, lo primero que le digo es eso: parte con lo que tienes. Conoce tu equipo a la perfección antes de pensar en cambiarlo. No necesitas la mejor cámara para hacer buen material — necesitas entender profundamente la que tienes. Y si en algún momento vas a invertir, hazlo en objetivos antes que en cuerpos de cámara. Un buen lente en una cámara básica supera a un lente básico en la mejor cámara del mercado.

El camino desde la compra de mi primer equipo al equipo que tengo ahora me llevó años. Cada cambio lo hice cuando sentí que el equipo que tenía ya no me alcanzaba para lo que quería hacer — no antes. Eso también es parte de lo que me llevó a Islandia.


Para terminar

Lo que quiero que te lleves de esto

Un frailecillo no sabe que su especie está colapsando. Llega cada primavera al mismo acantilado donde nació, busca la misma madriguera, pone un solo huevo, cuida a su polluelo con la misma dedicación de siempre. No ha cambiado nada en su forma de vivir. Lo que cambió fue su entorno.

Los glaciares llevan miles de años ahí. No cambiaron — cambiamos nosotros.

Eso es lo que más me impacta de todo esto. El frailecillo hace exactamente lo que tiene que hacer. Y aun así está desapareciendo. El hielo lleva milenios en el mismo lugar. Y aun así se está yendo. ¿Y nosotros seguimos necesitando evidencia para creerlo?

Por eso fotografío. Busco las dos cosas — la imagen que impacta y la imagen que informa. No son opuestas. A veces la foto más bonita es también la más honesta. Lo que me interesa es que quien la vea se detenga un segundo más de lo normal y se pregunte algo que no se había preguntado antes.

La mayoría de la gente no piensa en el cambio climático en términos concretos. Lo piensa en abstracto — algo grande, lejano, que pasa en otro lugar. Yo también lo pensaba así hasta que empecé a investigar este viaje. Y cuando pones nombre a un glaciar, cuando lees que una colonia específica perdió el 70% de su población en 30 años, cuando ves los números de lo que se va perdiendo cada año — ya no es abstracto. Ya no puedes volverlo abstracto.

Fotografío también para acercar lo que está pasando a quienes no pueden estar ahí. No como sustituto — como puerta de entrada.

La diferencia entre mirar y documentar es enorme. Mirar es pasivo — ves lo que hay y sigues. Documentar te obliga a entender lo que tienes delante antes de apretar el disparador. Por qué ese encuadre, por qué ese momento, qué dice esta imagen de algo más grande que ella misma. Eso cambia lo que ves. Y con el tiempo, cambia también cómo miras lo que tienes cerca de casa.

Cinco años de preparación, de aprendizaje, de construir el equipo de a poco. Todo eso, en el momento en que apareció el primer frailecillo, dejó de importar. Solo importaba estar ahí.

No hace falta ir a Islandia para empezar a mirar de otra manera. Hace falta decidir que lo que está pasando a tu alrededor merece ser visto con atención.

Islandia no va a ser el último viaje con esta intención. Quiero fotografiar los pumas en la Patagonia chilena, los cinco mamíferos más grandes del mundo en África, y poder visitar la Antártica — su fauna, su silencio, su paisaje. No sé cuándo. Pero cada uno de esos proyectos tiene la misma lógica que este: ir, entender, documentar, y traerlo de vuelta para quien no puede estar ahí.

No soy escritor, y seguro hay errores en cómo cuento esto. Pero quise contarte lo real de mi viaje — sin filtro, con lo bueno y lo difícil, tal como lo viví.

Cada lugar al que llegué, cada especie que crucé en el camino, me recordó algo que a veces se nos olvida: el planeta no es un escenario de fondo, es algo vivo, frágil, que está cambiando frente a nosotros. Si este artículo te acercó un poco más a eso, a lo que está pasando en nuestro planeta, a conocer una especie o un país que no conocías — eso es exactamente lo que vine a hacer.

El tiempo que te tomó leer esto puede parecer poco, pero si cada persona lo dedicara a lo mismo, sería un gran salto para tomar conciencia del mundo en el que vivimos.

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Gracias por llegar hasta acá, por darte el tiempo de leer esto. Significa más de lo que crees.

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