Serie Islandia / Escrito por Ale / Deja un comentario

Frailecillos en Peligro: Lo Que Documenté en Islandia

Frailecillo atlántico en Islandia
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"Volé más de 14.000 kilómetros desde Santiago de Chile —con escala en Ámsterdam— hasta el aeropuerto de Keflavík, y desde ahí recorrí más de 2.000 kilómetros en camper dando la vuelta completa al país. Todo para llegar a un acantilado y esperar a que un ave se decidiera a salir de su madriguera."

La primera vez que vi un frailecillo, casi no fotografié nada. Me quedé viendo. Tiene ese efecto: un ave que parece dibujada por un niño —pico naranja, ojos delineados, andar torpe— posada al borde de un precipicio de 100 metros como si nada.

Para mí era un sueño de años. Documentarlos de verdad, con tiempo, con paciencia. Creo que hasta hoy es lo mejor que he hecho como fotógrafo de wildlife. Y eso que el clima no puso ninguna facilidad.

Pasé varios días buscando sus colonias, rastreando los acantilados hasta encontrarlos. Con el 200-600mm para quedarme lejos — sin acercarme, sin obligarlos a gastar energía que no les sobra. Vine a documentar algo que se está cayendo en silencio, y que la mayoría de la gente todavía no ha visto de cerca.


Los cuatro puntos de avistamiento

Cuatro de los lugares más recomendados — y solo uno entregó

Frailecillo atlántico saliendo de su madriguera en Borgarfjörður Eystri, Islandia

Borgarfjörður Eystri, fiordos del este — el único punto de cuatro donde los encontré

Investigué los puntos de avistamiento más reconocidos del país: las Islas Vestman (Heimaey), los acantilados de Látrabjarg, Dyrhólaey cerca de Vík, y Borgarfjörður Eystri en los fiordos del este. Cuatro lugares. Cuatro oportunidades.

En el primero, nada. En el segundo, tampoco. Cada punto vacío pesaba de una forma que es difícil de explicar si no has viajado muy lejos por un animal específico. Islandia no es un destino al que uno va todos los años. Y cada acantilado sin frailecillos era un acantilado menos en una lista que se acababa. Salí de Santiago con ese miedo ya instalado — ¿y si hago todo este viaje y no los veo? La naturaleza no garantiza nada, y eso lo supe desde el principio. Pero saberlo no lo hace más fácil cuando estás ahí parado, con el lente apuntando a un acantilado vacío.

El cuarto punto era Borgarfjörður Eystri, en los fiordos del este. Para llegar tuve que cruzar montañas con subidas muy inclinadas, valles enteros donde no había ningún otro vehículo en la carretera, caminos con mucha pendiente y nieve cayendo. Salí muy temprano desde el camper para llegar al amanecer. Cuando aparqué y bajé, no había nadie. Solo el viento, el frío, y los acantilados. Y ahí estaban.

Habría unos 20 o 30. No es una colonia grande — pero después de tres acantilados vacíos, esos 20 o 30 frailecillos se sentían como miles. Los observé salir de sus madrigueras, moverse entre ellos, interactuar. Son increíblemente sociales — se juntan en grupos, se rozan, se miran. Y son curiosos. En varios momentos se acercaron más de lo que esperaba, como si también ellos quisieran saber qué estaba haciendo ahí.

Lo que más me sorprendió fue algo simple: el contraste entre ellos y yo. Yo no aguantaba más de 30 o 40 minutos en ese frío antes de tener que volver al camper a calentarme las manos. Ellos estaban ahí como si nada — en ese mismo viento, en esa misma temperatura, y después se metían al agua sin dudarlo. El frailecillo puede bucear a 60 metros, aguantar la respiración un minuto y volar a 88 km/h. Y todo eso en un ambiente donde yo apenas podía sostener la cámara.

"Documentar fauna salvaje no es un catálogo con garantía. Es buscar sin certeza de encontrar nada."

En el campo

Cuatro horas de espera, con el frío deteniendo la cámara

Mucho frío y mucho viento. Después llegó la nieve. El clima no puso ninguna facilidad. Pero el problema real no era el frío en sí — era lo que le hacía a las manos: las perdía. Y sin sensibilidad en los dedos, mantener la cámara quieta se vuelve casi imposible. Me costó mucho capturarlos en vuelo precisamente por eso. Temblaba. La cámara temblaba. Y los frailecillos en vuelo no esperan.

Eso es lo que no se ve en la foto final: el tiempo que no estaba fotografiando sino metiéndome al camper a recuperar las manos para poder volver a intentarlo. La foto que más quería — un frailecillo de frente en pleno vuelo — nunca llegó. Casi al final del día, ya sin baterías, conseguí una sola: uno a punto de aterrizar, con las alas abiertas. No era la foto que vine a buscar. Pero era real, y era honesta, y en este trabajo eso vale más.

Frailecillo atlántico en el acantilado, Islandia

Horas de espera en el acantilado, Borgarfjörður Eystri


Lo que aprendí observándolos

Un ave diseñada para sobrevivir — que está dejando de hacerlo

El frailecillo atlántico mide unos 30 centímetros y pesa menos de medio kilo. Un ave pequeña, casi improbable. Y sin embargo puede sumergirse hasta 60 metros de profundidad, aguantando la respiración cerca de un minuto, para atrapar peces. En vuelo bate las alas hasta 400 veces por minuto y alcanza los 88 km/h — lo que en cámara se traduce en un sujeto errático, veloz, que exige velocidades de obturación muy altas y mucha paciencia.

Lo que más me impresionó observándolos fue su comportamiento frente a la madriguera. Antes de salir, asoman la cabeza y evalúan el entorno — un gesto que es mitad cautela, mitad curiosidad genuina. Y cuando regresan con comida, pueden traer hasta 30 peces en el pico al mismo tiempo, ordenados con una precisión que todavía no se entiende del todo. Ambos padres comparten la crianza por igual: se turnan para incubar el huevo — uno solo por temporada — y para alimentar al pichón. Son monógamos y vuelven a la misma madriguera, con la misma pareja, año tras año.

Frailecillo atlántico en primer plano, Islandia

Curiosidad genuina antes de salir de la madriguera

Islandia alberga cerca de 2 millones de parejas de frailecillos — el 40% de la población mundial. Y esa población se ha reducido hasta un 70% en los últimos 30 años. La causa es concreta: los frailecillos dependen de aguas que no superan los 10°C en verano, y el calentamiento del océano está desplazando hacia el norte al capelín y al sandeel, los peces pequeños de los que depende casi toda la alimentación de los pichones. Los padres salen a buscarlos y regresan con el pico vacío — o directamente no regresan. El pichón muere de hambre en la madriguera. Una cría por pareja, una vez al año. Cuando esa cría no sobrevive, la colonia no se recupera.

Una de las fotos que más buscaba era exactamente esa: un frailecillo regresando con peces en el pico. La imagen icónica, la que resume todo. No la conseguí. Estuve observando durante horas y los veía volver una y otra vez — con el pico vacío. En ese momento lo viví como una frustración fotográfica. Después entendí que era exactamente lo que había ido a documentar.

"Esto no pasa en un lugar abstracto. Pasa en los mismos acantilados donde yo estaba parado con la cámara."

La diferencia que importa

Lo que se ve, lo que no se ve en una foto bonita

Documentar esto significó pasar horas inmóvil esperando comportamientos que cuentan la historia real: parejas que regresan a la madriguera con el pico vacío, colonias visiblemente más dispersas de lo que describen guías de hace una década.

No hay manera de fotografiar "el declive poblacional" directamente — pero sí se puede fotografiar la ausencia, el silencio en zonas que deberían estar saturadas de vuelo y ruido. Esa es la diferencia entre una foto de viaje y documentación: la segunda busca evidencia, no solo belleza.

Si te interesa saber qué equipo y ajustes usé para fotografiar fauna en estas condiciones, lo detallo en Fotografiar Islandia: Equipo y Técnica. Y si quieres entender cómo organicé 14 días de acceso a estas colonias sin depender de tours, está en Vivir en Camper 14 Días en Islandia.


Para terminar

Por qué sigo fotografiando esto

El frailecillo no sabe que estoy ahí. No sabe que viajé 14.000 kilómetros para fotografiarlo. No sabe que su especie está colapsando. Llega cada primavera al mismo acantilado, hace lo mismo de siempre, y confía en que el mar va a seguir siendo el mismo. Esa confianza ciega en el entorno me parece lo más honesto que existe.

Yo fui con una cámara. Fui a registrar algo que está pasando y que mucha gente no puede ver de cerca. No sé si mis fotos van a cambiar algo — probablemente no de forma directa. Pero si alguien que nunca ha pensado en el frailecillo lee esto, ve las imágenes y por un momento siente algo, eso ya justifica el viaje.

Siguiente paso

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Las fotografías de esta serie están disponibles como impresiones de edición limitada. Si trabajas en una institución, ONG ambiental o medio de comunicación, escríbeme directamente.

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